Se venden tubos Pe-De-Ce. 
…y la micro zigzaguea por el sinuoso camino, un camino ni montañoso ni escarpado, solo lleno de curvas dentro de la ciudad asediada por el humo de los móviles que rondan, la frágil angustia de los pasajeros que indistintamente se sientan en estas posaderas de cuero raídos por el uso y los vándalos niños (escolares sobretodo), se ve acentuada por el intrépido conductor que sortea los obstáculos que enfrenta en una carrera loca contra el tiempo, las cabezas se mueven al vaivén del trepido andar y el golpeteo armónico de los “eventos” en que caen las ruedas del microbús, que más bien parece una carretela con motor, de latas casi en el suelo y un motor que suena desaforado queriéndose reventar de tanto esfuerzo. Por si fuera poco aquel conductor, un energúmeno del volante, lleva el stereo con un volumen que destroza la paz que tu quieres llevar, quieres pensar y la sola música (tropical, por cierto) te mata hasta la más honda de las fibras de tu tímpano.
En aquella situación me encontraba, pegada mi cabeza sobre el vidrio empañado y con la mente lo más lejos de este lugar tan inhóspito, quizás estaba elucubrando mi próximos pasos a seguir o quizás estaba pensando en lo que somos, una gran nación que se jacta de estar creciendo, de tener una economía sólida, que la igualdad estaba por llegar (cuento que se escucha desde los tiempos de “la alegría ya viene”), de tener políticos de primera, una “gran” presidente ( por que hay que reconocerlo es bien grandota), pero sin embargo hay gente que no se siente satisfecha, que proclama la lucha anarquistas y otras salsas medias escondidas, que aparecen como mosquitos molestos, y ahí estaba yo con mi cara roja por el frió y queriendo llegar pronto a mi casa tomar un café, leer y sentirme bien, quería llegar sano y salvo de la experiencia de viajar en micro por la calles de mi país, cada día más justo, en donde todos crecen, las educación esta mejorando y todas esas cosas que vitorean esas gentes de cuello y corbata que cobran un cheque pagado con los impuesto de todos los vasallos chilenos, y aun yo miraba por la ventana y los ojos se pegaban en los edificios y casas que raudas quedaba atrás, las calles y las gentes, y observe por sobre una cerca colgada por alambres bien dispuestos un pequeño cartel de cartón, un poco molido y viejo por el clima recio de aquellos días de invierno frió, donde se leía con letras grandes y negras un anuncio peculiar y extraño ”Se Venden Tubos de PE-DE-CE” (1), contuve la risa y pensé en el Chile que de verdad se vive a diario, la cruda realidad. Recordé algunos bazares de barrio, aquellos atendidos por viejas chicas y enojonas, ubicados en la periferia, siempre en vecindades no de muy santa categoría, donde pululan gentes de bajos ingresos y la cesantía y delincuencia se respira en aire lleno de infectos olores, me refiero a negocios con carteles de madera sostenidos por sendos cuartones e inscritos sobre ellos, como pizarras de colegio publico y tiza enmarcada sobre la superficie no menos pulcra que el atril que lo sostiene, tantas palabras mal escritas como mercancías que en ellas se ofrecen. Imagine aquellas “Arinas”, “Llerba mate”, “sigarros” y cuantos otros nombres.
Y aun seguía el energúmeno tras el volante, adelantando temerosamente y vociferando los más extraños epítetos a aquellos conductores, que al parecer suyo, no apresuraban su caminar, como si la calle fuera solo de las micros y su siempre rápido andar.
(1) En realidad lo que ellos vendían era tubos de pvc.
…y la micro zigzaguea por el sinuoso camino, un camino ni montañoso ni escarpado, solo lleno de curvas dentro de la ciudad asediada por el humo de los móviles que rondan, la frágil angustia de los pasajeros que indistintamente se sientan en estas posaderas de cuero raídos por el uso y los vándalos niños (escolares sobretodo), se ve acentuada por el intrépido conductor que sortea los obstáculos que enfrenta en una carrera loca contra el tiempo, las cabezas se mueven al vaivén del trepido andar y el golpeteo armónico de los “eventos” en que caen las ruedas del microbús, que más bien parece una carretela con motor, de latas casi en el suelo y un motor que suena desaforado queriéndose reventar de tanto esfuerzo. Por si fuera poco aquel conductor, un energúmeno del volante, lleva el stereo con un volumen que destroza la paz que tu quieres llevar, quieres pensar y la sola música (tropical, por cierto) te mata hasta la más honda de las fibras de tu tímpano.
En aquella situación me encontraba, pegada mi cabeza sobre el vidrio empañado y con la mente lo más lejos de este lugar tan inhóspito, quizás estaba elucubrando mi próximos pasos a seguir o quizás estaba pensando en lo que somos, una gran nación que se jacta de estar creciendo, de tener una economía sólida, que la igualdad estaba por llegar (cuento que se escucha desde los tiempos de “la alegría ya viene”), de tener políticos de primera, una “gran” presidente ( por que hay que reconocerlo es bien grandota), pero sin embargo hay gente que no se siente satisfecha, que proclama la lucha anarquistas y otras salsas medias escondidas, que aparecen como mosquitos molestos, y ahí estaba yo con mi cara roja por el frió y queriendo llegar pronto a mi casa tomar un café, leer y sentirme bien, quería llegar sano y salvo de la experiencia de viajar en micro por la calles de mi país, cada día más justo, en donde todos crecen, las educación esta mejorando y todas esas cosas que vitorean esas gentes de cuello y corbata que cobran un cheque pagado con los impuesto de todos los vasallos chilenos, y aun yo miraba por la ventana y los ojos se pegaban en los edificios y casas que raudas quedaba atrás, las calles y las gentes, y observe por sobre una cerca colgada por alambres bien dispuestos un pequeño cartel de cartón, un poco molido y viejo por el clima recio de aquellos días de invierno frió, donde se leía con letras grandes y negras un anuncio peculiar y extraño ”Se Venden Tubos de PE-DE-CE” (1), contuve la risa y pensé en el Chile que de verdad se vive a diario, la cruda realidad. Recordé algunos bazares de barrio, aquellos atendidos por viejas chicas y enojonas, ubicados en la periferia, siempre en vecindades no de muy santa categoría, donde pululan gentes de bajos ingresos y la cesantía y delincuencia se respira en aire lleno de infectos olores, me refiero a negocios con carteles de madera sostenidos por sendos cuartones e inscritos sobre ellos, como pizarras de colegio publico y tiza enmarcada sobre la superficie no menos pulcra que el atril que lo sostiene, tantas palabras mal escritas como mercancías que en ellas se ofrecen. Imagine aquellas “Arinas”, “Llerba mate”, “sigarros” y cuantos otros nombres.
Y aun seguía el energúmeno tras el volante, adelantando temerosamente y vociferando los más extraños epítetos a aquellos conductores, que al parecer suyo, no apresuraban su caminar, como si la calle fuera solo de las micros y su siempre rápido andar.
(1) En realidad lo que ellos vendían era tubos de pvc.
5 comentarios:
Tal vez en realidad eran tubos Pe-De-Ce, igual que los bototos GAT, los relojes ROLEC, o las pilas Puracel
o las zapatillas mike.
ustedes estan foemtnado el alcoholismo.eso es malo .
ja
Amigos..las aseguro que eran tubos de PVC, por que por pura curiosidad pase a ver...y además eran robados..porque estaban en una casa..media escondida...y no era una ferreteria......
gracias por sus visitas
Pucha que disfruté de tu escrito. A mi tampoco me gusta que la gente escriba con faltas de ortografía. pero qué se puede hacer?
Eso fue en Parral?,mmm, hay que considerar que detrás de esos tubos hay toda una historia, quisá sufrimiento, falta de apoyo, descuido o falta de interés...esa persona sólo sobrevive.
Todos ignoramos muchas cosas en esta vida, lo importante, creo yo, es que nuestros cercanos nos ayuden a saltar esa barrera y cada día nos superemos más...
(oye! tu no tildas las palabras, ni tu amigo)
Una inquietud: ¿cómo ayudar a los que no son cercanos a nosotros?
Margarita
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